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Por D. Juan José Morillas Rodríguez.
Invocación.
¿Sigue siendo necesaria la presencia de tu Gran Poder, Señor, en las calles de esta ciudad, que tiene que detenerse a contemplarte porque ante el laicismo progresivo de la sociedad, denunciado hace pocas fechas incluso por el Papa, tal vez aún no te conoce bastante, de este gran pueblo que está a punto de conmemorar el primer aniversario de uno de los más luctuosos hechos de su historia reciente, que lo dejó lacerado, herido, consternado, por el fanatismo terrorista de quienes sarcásticamente en tu nombre, ¡ay Dios¡, mueren y matan indiscriminadamente, cegados por la ira y la locura totalmente deshumanizada? ¿Tiene que renovarse, un año más, tu paso por el centro de la población madrileña que convierte en templo de cielos abiertos el recorrido intimista, hermosamente plástico en un decorado natural de viejos y notables edificios muchos de ellos centenarios, que acogerán la sinuosidad de tu cortejo, la sombra imperecedera de tu talla caminante, la Verdad que se desprende de tu mirada errante? ¿Han de llevarte tus fieles hermanos en seria, solemne y ejemplar Estación de Penitencia, por el que todos llaman Madrid de los Austrias, para mostrar a quienes profesan nuestra fe, a quienes hacen del agnosticismo su bandera o a cuantos, cada día más, reniegan de una creencia que en su niñez y juventud recibieron e incluso practicaron, para enseñarles en este culto externo que tu doctrina sigue teniendo validez, que tus enseñanzas no han prescrito, que tu mensaje también es para el hombre de hoy, que quizás precisamente, en estos años de principios del siglo XXI, nos haces más falta? No espero tu respuesta, Señor, pues sólo con mirar tu inefable rostro comprendo la vital importancia que ha de tener para nosotros, que tratamos de acercarnos al Amor que nos proclama, el que continuemos, perfeccionemos y engrandezcamos, si nos es posible, la salida procesional en una nueva tarde-noche de Jueves Santo. ¿Has de encandilar, una vez más, con tu armonioso, suave y cadencioso transcurrir, al conjuntado paso de tus esforzados y emocionados costaleros, Señora de la Esperanza, a un anhelante público que ante tu presencia transforma sus penas en gozos, su tristeza en júbilo, su nihilismo en plenitud de fervores, su indiferencia en compromiso y entrega, su desesperanza por los avatares de cada día en pletórica Esperanza que contagia, que no se esconde, que se proclama abiertamente porque no puede haber más dicha en la tierra que quedarse prendado, aunque sea por unos fugaces instantes, en tu rostro, Macarena? Estoy plenamente convencido, Virgen asentada en el fondo de mi alma, que sean cuales sean las calles que recorras en la tarde o en la madrugada, te contemplen generaciones madrileñas o sevillanas, tienes que continuar por siempre desbordando tu Gracia, en cada singular e irrepetible cortejo de antifaces verdes y capas blancas, que quieren mostrar ante todos cuantos ante Ti se extasían, que no hay bienaventuranza más grande, que llamarse macareno porque ya sólo el nombre en su origen griego lo decanta: feliz, dichoso, bienaventurado. ¡Cómo no¡, Señora de la Esperanza, si tenemos como Titular a la misma Imagen de la Madre de Dios exacta. Por eso hoy estamos aquí, reunidos en familia que comparte sentimientos y amores, venidos de distintas tierras, pero con un único fin que nos une, identifica y nos llena de gozo: proclamar a quienes quieran oírnos que los hermanos de esta señera Hermandad, que trabajan jornada a jornada por hacer realidad en el hombre, en el prójimo, en sí mismos el Gran Poder de Dios y la Esperanza que dimana de la bendita Virgen María, también quieren gritar a esta ciudad, desde el anonimato de sus túnicas, con el testimonio de sus tramos penitenciales, pero asimismo con la majestuosidad de sus pasos, con los acordes de su música, con el perfume de su incienso hecho oración pública ascendente, que sí, que aunque no esté de moda, en este año de 2005, podemos seguir confiando en Ellos, que confesamos abierta y contundentemente, que Jesús sigue siendo nuestro referente y el Maestro al que deberíamos acudir en cada instante de nuestra existencia, en la inquietud y en el sosiego, en la incertidumbre y enfermedad, como también en la tranquilidad y el disfrute de la salud. Que no nos avergonzamos, antes al contrario, de pregonar que somos creyentes católicos, que pertenecemos a la Iglesia de Cristo, que incluso nos ufanamos al decir que somos parte activa de su organización diocesana, porque queremos llevar a los demás la riqueza espiritual de la que gozamos, ansiamos dar a otros el mayor bien que hemos recibido: el Amor de Dios, hecho Hombre a través del vientre virginal de María.
Salutaciones.
Iltro. Monseñor, D. Antonio Astilleros, Deán de la Santa Iglesia Catedral. Iltro. Sr. Capellán de este acogedor, histórico y artístico templo y convento del Corpus Christi. Sr. Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la ya, para mí, querida y cercana Real, Ilustre y Fervorosa Hdad. y Cofradía de Nazarenos de Ntro. Padre Jesús del Gran Poder y María Stma. de la Esperanza Macarena, trasuntos de mis más arraigadas devociones sevillanas. Hermanos de Honor. Sres. Hermanos Mayores y representaciones de Hermandades e Instituciones de esta ciudad. Querido Antonio, mi presentador, no podría caber mayor honor a este exaltador de la Semana Santa madrileña, centrada en una de las hermandades más señeras y representativas de su nómina de cofradías, que tener a un buen amigo, gran cofrade, activo y dinámico profesional, hijo además de una persona a la que admiro y respeto profundamente, devotos significados de la que también se llama Esperanza en su advocación de La O, que contar, insisto, con tan apreciado hermano en una veneración compartida, para que anuncie a todos, con tanto cariño y exquisitas palabras, lo que una vida entregada a las hermandades propias y próximas, han podido dar de sí en quien va a recordaros la inminencia de una nueva Semana Santa, siempre distinta y necesaria para los creyentes. Gracias, Antonio, porque fuera de tópicos al uso, tu presentación, verdadero ejemplo de cómo se puede hacer una pieza elocuente en breves folios, supera con creces en el afecto que en ella has puesto, los valores que hasta aquí me han traído. Y gracias, además, por ostentar personalmente la representación del Excmo. Sr. Alcalde de nuestra ciudad de Sevilla, a la que tanto amamos y por la que tanto nos desvelamos. Es un honor excesivo para quien, aún presumiendo de sevillanía y macarenismo en cualquier punto del país al que acuda, sólo pretende llevar la enseñanza, el buen ejemplo, de cuanto en tan noble, mariana y cofradiera ciudad ha aprendido. Hazte portavoz, te lo ruego, de mi más sincera gratitud al Sr. Alcalde, por esta consideración que me ha otorgado, precisamente a través de tu persona, el más idóneo embajador hispalense. Por todo, una vez más, gracias. Hermanos y amigos todos, de esta cosmopolita ciudad de Madrid y cuantos llegados de otras capitales, como la acogedora Cuenca, regalo de la Naturaleza, o Zaragoza, sede del patronazgo mariano, en su luminosa Seo, de la teresiana, recoleta y mística Ávila, y especialmente de nuestra incomparable Sevilla, habéis tenido la deferencia y evidente prueba de amistad de acompañarme hoy en este acto tan emotivo y trascendente para mi vida, pues será, sin duda, un hito y uno de los principales tesoros que podré albergar en mi corazón y en mi memoria, siendo excepcionales testigos aquellos a los que, obviamente, más quiero, mi mujer y mis hijos. Y …Rvdas. Madres Jerónimas, hermanas de Honor de la Hdad. desde 1988, popular y cariñosamente llamadas “Carboneras”. También vosotras, en este año de celebraciones extraordinarias, estáis de feliz aniversario, pues desde aquel 27 de septiembre de 1605, en el que la primera priora, “sor Juana de san Miguel”, rigiera el convento que una piadosa dama, Dª. Beatriz Ramírez de Mendoza, condesa de Castellar, decidiera en esta sede fundar, han transcurrido ya cuatrocientos años, cuatro siglos haciendo el bien y orando por el bien material y espiritual de los demás ¿Qué os puedo decir yo que no sean meras palabras inanes, frente a la contundencia de vuestras oraciones, del avasallador ejemplo de vuestra fe confesada, del testimonio que día a día nos ofrecéis con la entrega plena al Amor de Dios al que habéis consagrado, en cuerpo y alma, vuestras vidas? ¿Puedo, acaso, aproximarme, si quiera, con todo el bagaje que haya podido acumular en mis años de vivencias cristianas y cofrades, a la riqueza espiritual que os caracteriza, a la intensa sintonía de vuestra vida contemplativa con la doctrina de Cristo, a, si acaso, uno sólo de vuestros minutos en el misticismo ante el Sagrario? En una sociedad vertiginosa, que no se detiene a mirar hacia dentro, que no interioriza sus experiencias, pues prefiere seguir viviendo de la imagen, de la ostentación, de la vanagloria, que propugna el tener, el aparentar, la envidia, los celos y zancadillas, incluso en el ámbito de nuestras hermandades, vosotras, con vuestra sencilla cotidianeidad, con vuestro silencio y clausura, con vuestro trabajo y oración, sí una oración comunitaria y caritativa, nos mostráis los fundamentos de las enseñanzas que Jesús nos dejó, en su vida como hombre, en el magisterio como Dios, y con su propio sacrificio en la muerte de Cruz, que vamos a conmemorar en unas semanas. Respetadas Madres Jerónimas, nos hacéis mucha falta, para que supláis las carencias de la práctica religiosa que también nosotros necesitamos y que no puede quedar sólo en la participación en los cultos externos, pues la creencia que públicamente confesamos nos obliga a ser cristianos desde dentro hacia fuera, desde el convencimiento personal, vivido y asumido, hasta la práctica hacia los demás, en cada momento y circunstancia, como vosotras. Tenéis la fuerza de Aquel al que amáis por encima de todo, tenéis su bendición y protección, por ello, velad por nosotros, que somos mucho más débiles, inconstantes y frágiles. Seguid con vuestro ejemplo y orad, orad por este mundo, que tal vez no comprenda vuestra voluntaria exclusión social, pero que cada vez es más pobre de lo que precisamente vosotros tenéis en abundancia: amor al prójimo. Vienen a mi memoria unos versos latinos esculpidos en mármol, en la fachada de ese majestuoso templo sevillano que alberga al lánguido Cristo de la Quinta Angustia y a la muerte serena de la Madrugada Santa en la expresión sin igual del Cristo del Calvario, la parroquia de abolengo de la Magdalena, pues creo que su contenido lo suscribís, Madres Carboneras, con vuestros personales testimonios: “Nada más dulce que contigo morir y nada más amargo que vivir después de tu muerte, Jesús, hijo mío, Tú, Padre mío, Tú, esposo mío. En la noche del próximo Jueves Santo, cuando entonéis la sobrecogedora oración que alzáis al Gran Poder de Dios con vuestro emotivo canto, volverán las almas nazarenas de ruan túnica y ceñido esparto, a estremecerse en el anonimato de su hábito y percibirán la Gracia que por la mejor mediación terrena, les llegará a sus corazones henchidos casi por divino ensalmo. Y cuando habléis con la Señora, que no de otro modo podemos calificar vuestras conjuntadas voces que de diálogo, decidle, porque Ella os hace caso, que necesitamos como nunca esa Esperanza que derrama a cada paso, que si fuera por el Amor que le profesamos, no tendríamos espuertas suficientes para recoger cuanto nos otorgue a cambio, que le llamamos a voces llenas, Macarena, porque sólo con pronunciar su nombre nos sentimos aliviados y reconfortados. Madres Jerónimas, dejadnos compartir un trocito del cielo en el que habitáis en esa noche santa, en la que os visita la misma Madre del Dios que adoráis, y que atiende a nuestra llamada con el título de Macarena y Esperanza.
Agradecimiento
Es éste el vigésimo quinto Pregón de Semana Santa que organiza la Hermandad en su dilatada y fecunda historia que rebasa ampliamente el medio siglo, una trayectoria plagada de ilusiones y proyectos, primeramente, y realidades de vida en confraternidad, después, que han ido jalonando los seguros y sólidos avances conseguidos, hasta llegar al nivel de asentamiento y actividad intensa, fructífera, que los hermanos pueden encontrar en su casa de hermandad, en sus cultos, en el encuentro asiduo o esporádico con quienes pertenecen a una misma familia cofrade. Y habéis tenido la deferencia, también diría ocurrencia, Sr. Hermano Mayor, querido Luis, y demás miembros de la Junta de Gobierno, de invitarme, de honrarme, con mi designación como Pregonero, cuando precisamente se cumplen las bodas de plata de este acto, anuncio cuaresmal de la Semana Santa, una fecha que permanecerá grabada en los anales de la Hermandad, por cerrar una primera etapa, que se iniciara en 1981 con la intervención, seguramente muy emotiva, del, para vosotros, inolvidable hermano Francisco Parra Macarro, y que le otorga cierta mayoría de edad al trabajo literario de exaltación cofradiera, y, sobre todo, porque quedará fusionada a la del primer Jueves Santo en que la Stma. Virgen de la Esperanza procesionará por la calles de Madrid, tras el reconocimiento de su Coronación Canónica por el Emmo. y Rvdmo. Cardenal Arzobispo, D. Antonio María Rouco. Me han precedido en el uso de la palabra insignes y reconocidos cofrades, de variados estilos en la composición, de múltiples formas en la elocución, incluso de agraciada garganta para la recitación y la saeta, como la que acertadamente habéis nombrado “Madrina de los costaleros”, nuestra muy querida Angelita, o el hermano de honor, de vínculos familiares, primoroso artista del pincel y colorista en la expresión escrita, mi estimado Daniel, o también el que con la autoridad que emplea en su martillo como capataz, desgranó sentidas poesías en su pregón madrileño, conocido afectivamente como Juanito León, padre de alumnas predilectas para mí, el ocurrente, ameno y de emotivo discurso Rafael Molina, el de medida y acompasada recitación Rafael Luis Díaz, el de profundo mensaje y cuidada expresión Pepe Ortega, un Feliciano Fernández de arraigado acento andaluz y contundencia en sus sentires, la primera presidenta de la Juventud que ha seguido volcándose en el acontecer de cada de día en la hermandad, Mª Luisa Lara, o el verbo fluido y conmovedor de un maestro de la elocución, José Manuel del Castillo, la métrica justa y el ardor en la recitación de un activo Antonio Bustos, y mi predecesor, Francisco Pachón, de docta palabra y hondo verso, y así hasta veinticuatro autorizados oradores, todos por igual con el corazón en sus labios, para proclamar la grandeza de una conmemoración, no por repetitiva, menos esperada, pues sirve siempre para renovar nuestra quebrantable fe, recordando el mensaje directo y vivo de un Dios que permanece eternamente a nuestro lado, a pesar de nuestros rechazos e indiferencia, pero que seguirá tendiendo su mano amiga, cuando nos demos cuenta de que en verdad le necesitamos; todo puede pasar, pero Él nunca fallará. Por este honor que me tributáis al ocupar esta privilegiada tribuna, ¿qué puedo expresaros? Sencillamente, las gracias, pues habéis dejado patente vuestro afecto y confianza en mi persona, habéis aportado una página dorada al sencillo libro de mi vida cofrade, y yo sólo pretendo abriros, con estas enlazadas palabras, la alforja de mi formación y compromiso como cristiano, nazareno de verde antifaz y merina capa, y del hermano que intenta llenar de contenido cada día esa palabra tan devaluada y que tantos han conseguido vaciar de significado: hermano, así de simple y a la vez grandioso por cuanto encierra, hermano, hermano macareno y hombre de Esperanza.
Sentimientos compartidos
Aquellos cofrades que por el año 1940 tuvieron la feliz idea de fundar una Hermandad que acogiera las advocaciones más afianzadas en la devoción popular sevillana, cuyos nombres figurarán siempre en el recuerdo de los hermanos, por muchas generaciones que pasen, sabían que la veneración al Señor, que muestra desde la sencillez de su porte, pero también desde la grandiosidad de su rostro, todo el Gran Poder de su divinidad, no tiene límites fronterizos ni locales ni regionales, aún más, trasciende el ámbito nacional, para estremecer con similar intensidad a todas las personas de buena fe, que con actitud impetrante o simplemente de respeto, hasta Él se acercan. Por eso, cuando le rendís culto en la intimidad de la Colegiata de San Isidro, estáis oficiando una ceremonia que tiene su continuidad o precedente, tanto da, en la Basílica de San Lorenzo; cada vez que suspiráis hondamente, porque la mirada de la Esperanza os embarga, desde su camarín o en la inenarrable proximidad de su besamanos, estáis aspirando el aire macareno que a borbotones inunda atrio, arco, el barrio que le dio nombre universal. Así pues, cómo no me voy a encontrar en mi casa, en mi hermandad, cuando traspaso el cancel del templo madrileño, y tras la bienvenida primera de la patrona hispalense, Virgen de los Reyes, siento similar congoja que en la basílica macarena, al orientar mis ojos hacia su cara e iniciar esa conversación musitada, sin palabras, que dicen que es oración, es la mejor plegaria. Y junto a Ella, en barroco y exuberante altar, el Señor te transmite el sosiego, la paz, la bondad, como en esas contadas ocasiones, ventura de Diputado Mayor de la hispalense Madrugada, en las que, en el presbiterio, ante el sagrario, a sus plantas, he podido estar absolutamente a solas con la portentosa Imagen, imbuyéndome de su gesto, de humildad cargado pero con la solemnidad que exclusivamente la madera hecha Dios, es capaz de transmitir desde el Gran Poder de su semblante.
Así pues, compartimos vivencias, sentimientos, fervores, aquí y allá, con nuestras peculiaridades y carisma, con las connotaciones que la tradición y la religiosidad popular han esculpido en nuestras cofradías, pero, ante todo, formamos la misma familia nazarena, que cree y confía en el mismo único Dios, que tiene a María, la Buena Madre, y Madre de Esperanza plena, como referente, ejemplo y mediación en el camino de santidad al que, a pesar de nuestras limitaciones, aspiramos.
Hermandad
Y en un verdadero ambiente de familia cristiana se tiene que vivir la hermandad, pero familia que dé continuamente testimonio de la fe que comparte, de los motivos que le han llevado a crear y mantener esos, que deben ser, indisolubles lazos de unión, frente a la fragilidad con que se rompen actualmente los vínculos que un día parecieron eternos, los compromisos que en jornada festiva se hicieron pública y ostentosamente, el juramento que tantas veces está quedando vacío de contenido, si no categóricamente hueco. Igualmente, los parámetros por los que hemos de medir siempre a la pareja sacramentada, son extensibles a esa otra familia a las que nos enorgullece pertenecer, como fehacientemente demostramos portando en la solapa su escudo e insignia, en la que hemos ingresado voluntariamente, o decidimos continuar en su seno, si nuestros padres realizaron el rito casi sagrado de inscribirnos nada más nacer. ¿No nos llamamos continuamente “hermanos”? ¿No acudimos al regazo de la Stma. Virgen, Madre, en definitiva, para contarle nuestras cuitas, deseos, ilusiones, anhelos y también las frustraciones, dolores y desasosiegos? ¿No está el Padre Dios presente en todos los actos que celebramos en honor de su Hijo, Señor Dios? Así pues, vivamos en plenitud ese ambiente de familia que tiene que imperar, por encima de todo, en nuestra participación de la vida de hermandad. Y esto no es fruto de un día, ni consecuencia de una reglamentaria salida procesional, por muy solemne que resulte, por muy emotiva que nos parezca, por mucho público que nos contemple, porque la hermandad se hace y crece desde dentro, desde la interioridad de sus hermanos, desde la veracidad y cumplimiento de sus deberes como asociación cristiana y cofrade, desde el testimonio, sí, de cada uno de quienes nos integramos en su nómina, que no puede ser un simple listado desangelado, frío, carente de vida.
Por ello, como bien sabemos todos, la Estación de Penitencia será sólo el culmen, la celebración cultual externa más destacada, representativa y participada de cuantos actos, religiosos, caritativos, culturales y de convivencia, han ido jalonando el acontecer diario de la hermandad, el verdadero sustento de su existencia. Los hermanos tienen que hallar irremisiblemente en el seno de la hermandad el ambiente propicio y los medios más adecuados para el cumplimiento de su religiosidad, que no es otra que el servicio a los demás, el honor cultual a los Titulares, a través de los cuales ven con los ojos del alma al mismo Dios y a la Inmaculada Virgen María, la adoración al Señor Eucarístico, Pan eterno legado por Cristo, y el desarrollo de la persona en su dimensión social y humanitaria, siempre al modo que las hermandades sabemos imprimir en nuestra singular forma de servir a la Iglesia diocesana y universal.
Formación
Esta es la razón por la que, superando tiempos pretéritos, hemos asumido una responsabilidad que antaño otras instituciones regentaban: La adecuada formación de todos los hermanos, fundamentalmente en el ámbito religioso, pues jamás tendremos que dejar de aprender y actualizar lo que un día nos enseñaron y aprendimos. Es tarea nuestra hoy suplir las carencias escolares y familiares, nadie vendrá a impartirnos lo que no quisieron o dejaron hacer en la escuela, los valores que escasean en el hogar, centro donde cada vez más habitualmente sólo convergen sus miembros, a modo de parada y fonda. Incluso nos ha recordado el Papa muy recientemente que “las nuevas generaciones de españoles (están) influenciadas por el indiferentismo religioso y la ignorancia de la tradición cristiana con su rico patrimonio espiritual, y expuestas a la tentación de un permisivismo moral”. ¿Cómo vamos a obviar esa responsabilidad ni permanecer indiferentes ante estos vacíos, pozos en los que pueden precipitarse paulatinamente los fundamentos vitales de nuestras hermandades? Y todos los hermanos, independientemente de sus edades, condiciones sociales, cultura, capacitación y ocupaciones dentro de la hermandad (especialmente los miembros de la Junta de Gobierno, por la trascendencia de sus actos y decisiones) tienen similar obligación en esta parcela de la formación, para aportar el tesoro espiritual que posean y recibir, asimismo, cuanto incluso el más sencillo y humilde puede enseñarnos con sus gestos, actitudes y ejemplo.
La Juventud
Somos conscientes de que es la Juventud la que debe acaparar el mayor grado de atención en la preocupación formativa de una hermandad, y lo afirmo como profesional de la enseñanza, dedicado a instruir y hacer, como decía el fundador de los Maristas, “Buenos cristianos y honrados ciudadanos” de mis alumnos de nivel Medio. Jóvenes que no son exclusivamente la promesa del mañana, el futuro natural de las hermandades, los regentes del inconmensurable Tesoro devocional y artístico de nuestras cofradías, sino que son ya realidad de hoy, cristianos y cofrades muy comprometidos, pero que exigen ese mismo compromiso a quienes les convocan, a quienes tal vez incluso admiren, pero que no pueden fallarles, jóvenes que a su preparación humanística y científica, a sus ocupaciones laborales y al ocio del que sanamente disfrutan, quieren incorporarle el mayor de los valores, el que no caduca, el que pervive cuando todos los demás languidecen: el Amor de Dios y la respuesta de Amor a Dios.
Pero también reitero la solicitud de esta atención, tal vez preferente, a la Juventud, porque mi propia experiencia personal me ha llevado a recibir, mucho más que dar, a recoger, por encima del sembrar, desde que un rasgo de locura, me decían, bendita y afortunada locura, allá por el año 1971, me impulsara a fundar la Juventud Macarena sevillana, cuando los tiempos eran otros y no precisamente muy favorables a la apertura de la hermandad a los jóvenes, salvo la tradicional misión de la limpieza de enseres y de la plata, como encomiables colaboradores de la Priostía. Pero un gran Hermano Mayor, recordado, admirado y querido por todos los macarenos, sencillo en la grandeza del personaje, D. Eduardo Miura, tuvo la deferencia de escuchar mi ilusionada petición y atenderme con la caballerosidad de su nombre y el afecto de un padre, autorizando en sesión ordinaria de la Junta de Gobierno, era el mes de febrero, la creación de un grupo joven con propia entidad, con una programación específica, pero inmerso de pleno en la vida de la hermandad. Nacía la Juventud Macarena, y ya ha cumplido una amplia mayoría de edad de 34 años.
Vosotros, jóvenes madrileños, habéis superado la primera década de vuestra existencia como Ente inseparable de la Hermandad, pero con una energía y vitalidad intrínseca en vuestros actos adecuados a la edad que tenéis, en un camino absolutamente convergente con el resto de los hermanos, aportando dinamismo, jovialidad, frescura y muchas ilusiones en el proyecto común que a todos nos vincula. Pero ese entusiasmo de vuestro carácter, la vivacidad con que emprendéis los trabajos que se os encomienda o vosotros mismos planificáis, ha de ser exponente, primero de la férrea unión que mantenéis con cada uno de los miembros de esta Corporación, que tiene una única y válida cabeza rectora, y en segundo lugar, muestra de vuestro interés por ser válidos a la hermandad desde el momento en que os hacéis presentes en ella y garantía de que en el futuro inmediato y próximo la Hermandad seguirá siendo la que ha sido y la que es, depurando, incluso, las pequeñas imperfecciones que en su trayectoria hayan podido surgir. No estáis eximidos de las obligaciones que os competen, como hermanos y como jóvenes, no olvidad el necesario testimonio de vuestra fe y práctica religiosa en cuantos ambientes os movéis, escolares, universitarios, de diversión, en vuestras casas; pero también debéis ser exigentes con quienes tienen la ineludible obligación de facilitar vuestra creciente formación y asimismo exigir, claramente, que los mayores den verdadero ejemplo de esa misma fe que confiesan y juran solemnemente defender y propagar.
En la familia macarena representáis como ningún otro colectivo, la Esperanza que observamos en la Imagen a la que llamamos Madre y Señora. Sed constantes y fieles, perseverad en la devoción hacia el que todo lo puede, recibiréis más del ciento por uno, pues así suele responder la Bienaventurada a sus muy amados hijos, los jóvenes macarenos.
Caridad
¿Entenderíamos que en un hogar cristiano sus integrantes no atendiesen a los más débiles, enfermos y necesitados? ¿Es, acaso, la indiferencia, la ausencia de sensibilidad ante quien incluso con su silencio nos reclama, lo que nos dictó el Jesús al que si pudiésemos ayudaríamos a llevar su cruz? ¿Hemos de quedar impasibles ante las carencias no suplidas por las administraciones públicas, porque “ésa es obligación de otros”? ¡Cuántas preguntas podríamos seguir haciéndonos, en una sociedad que avanza en progresión contraria a la de su deshumanización¡ Pero basta con acudir a las palabras recogidas por los apóstoles sobre el Maestro, para saber con certeza que en todo tiempo y lugar, en cada circunstancia, sin preguntas inquisitorias, pero eso sí, superando la inevitable picaresca, las hermandades tienen entre sus primeras obligaciones la de la caridad, la de atender ante todo al hermano, para ello se fundaron muchas que han superado varios siglos de existencia, como la de los hortelanos, la de la Injusta Sentencia que dieron a Cristo y la Virgen de la Esperanza; y como apertura a cuantos sin estar inscritos de nombre sí son nuestros hermanos por ser también hijos del mismo Dios, nuestros prójimos, se extiende esta requisitoria de la caridad a todo el que pase un mal trance en sus vidas; mirad que no son siempre las necesidades de orden económico y social, que hay mucha soledad, semejante a la que la Madre de Jesús, en tantos rincones del mundo así llamada, Soledad, como la cautivadora Titular de san Lorenzo o la hermosa Virgen de los Servitas, esculpida con el mimo y candor que sólo el maestro imaginero, gran amigo y hermano Antonio Dubé, es capaz de crear, Soledad similar a la que la Señora sufrió tras la muerte de Cristo paradójicamente por Amor.
Es ardua y constante la tarea de socorrer a los Cristos vivos de hoy, como el mismo Jesús nos enseñó, y así lo han entendido las hermandades, que incluyen en su organigrama, en sus presupuestos y atenciones preferentes, la de la obra social, la asistencia caritativa, la plasmación del amor en lo que mejor entiende aquel al que lo más vital le falta. Pero esa caridad que pedimos y ejercemos, colectivamente como hermandad, hemos de hacerla antes como hermanos, en nuestro entorno de familia, trabajo y amigos, pues poco ejemplar sería abanderar una acción solidaria, si descuidamos a los más cercanos, a quienes nos necesitan en cada instante, incluso a quienes con nosotros conviven. Precisamente por ello, siendo también débiles, carentes de salud, fuerzas o simplemente afecto, habrá que atender con un cariño especial a quienes han entregado sus vidas a los demás, a sus hijos, nietos, y ahora tal vez sólo reciban la indiferencia de los suyos, el abandono, el olvido, el alejamiento; cuanto más desean, menos reciben, en la etapa final de su días, que tendrían que pasar rodeados del amor y afecto de aquellos a quienes engendraron, criaron, mantuvieron y formaron para su futura independencia, para la continuidad de la prole; en la solitaria travesía de la más dura navegación vital, se encuentran sin fuerzas, desarmados y sin el auxilio, aunque sólo sea anímico, de los que fueron y seguirán siendo máximos receptores de su amor materno y paterno. En esta sociedad de vertiginosa actividad, en una época en la que impera hacer sin detenerse demasiado a mirar para qué o para quién, en la que se sublima la posesión y se sobrevalora la propiedad material, descuidamos con demasiada frecuencia, con normalidad aceptada, a las personas que sólo tienen ya en su bagaje, la posibilidad de aportar la experiencia, el amor que han ido atesorando hacia los suyos, aunque también hayan fallado en múltiples ocasiones. No están de moda los viejos, hemos perdido poco a poco, generación a generación, la secular veneración que se les tenía, hasta no hace mucho.
Señor, cuando hasta Ti acudan o en el momento fugaz que en el recorrido penitencial te contemplen, suple nuestros olvidos y dales la tranquilidad y sosiego que ansían, inunda sus postreros días del amor de los suyos, que nada les falte, que hasta tu Reino lleguen con la mueca grata de haber cumplido una misión terrena y ser queridos por quienes a su recuerdo añadirán la gratitud eterna de haber recibido de ellos el mejor legado que en vida existiere: el bautismo, la formación cristiana, su ejemplo.
El culto. Año de la Eucaristía.
¿Por qué vemos toda la fuerza de su Gran Poder concentrada en su rostro, avivada en cada paso por estrechas calles que enmarcan su impresionante sombra, convertida en congoja que ahoga emocionalmente las gargantas que oran, musitan, suspiran, con Él conversan? ¿A qué responde que sólo con el fulgor de su paso adivinado, cuando en el primer giro al dintel de salida se acerca, el pueblo entusiasmado en aplausos irrumpe, para recibir con letanía de sus piropos a la Señora que por ser Macarena embelesa? ¿Es sólo el arte de unas manos que supieron trasladar la divina unción a la madera? ¿Es el fervor popular que reconoce a un Dios verdadero que en su representación humana se nos presenta? ¿Es esa inexplicable sintonía con lo divino que únicamente a través de la fe encontrará respuesta? Este es el origen del culto, su sentido, su permanencia, la necesidad de continuar y acrecentar, si es factible, el fervor popular y colectivo hacia las Imágenes que llenan de paz, comprensión y deseos de bondad a quienes las veneran, y, ante todo, la adoración a un Dios vivo en la Eucaristía, como nos recuerda el Papa:”sacramento por excelencia del misterio pascual, (que) está en el centro de la vida eclesial”.
Precisamente ha dedicado Su Santidad Juan Pablo II, por el que desde esta sede sacra por quienes la moran pedimos al Señor, por su delicadísima salud del cuerpo, por su entereza, por el calvario personal que le acerca a Quien en la tierra representa, ha querido el Papa orientar sus últimas cartas pastorales hacia la importancia vital de la Eucaristía, en todo el orbe cristiano, porque considera que “hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística”al tiempo que “siente el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en (esta) celebración….La Liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que celebran los Misterios”. “Ecclesia de Eucharistía” (“La iglesia vive de la Eucaristía”), “Mane nobiscum, Domine” (“Quédate con nosotros, Señor”) e incluso por encargo suyo “Redemptionis sacramentum” (“El sacramento de la redención”) son los tres más recientes documentos papales que nos invitan a todos los miembros de la Asamblea de la Iglesia de Cristo, a los cofrades por supuesto, a profundizar en el sacramento instituido por Jesús, antes de coger esa cruz que también a nosotros nos pesa, a darle el valor pleno que tiene y a incluir en nuestros cultos ordinarios, si así no fuese, la principal celebración a la que nos invita: la santa misa y la participación activa en la mesa de Jesucristo.
Tenemos que reconocer con gozo, que en esto las hermandades sí podemos confesar e incluso presumir, por qué no, de que cumplimos desde siempre con este mandato del Santo Padre, pues está arraigada la costumbre de celebrar nuestros cultos generalmente en torno a la Eucaristía. No obstante, debemos perseverar en una continua catequesis eucarística, para que todos los hermanos sean plenamente conscientes de que por encima de cualquier Imagen, aunque por su mediación veamos al Jesús que nos redimió, al Señor al que confiamos nuestro ser, al Nazareno que sigue llevando esa pesada carga de incomprensiones y faltas humanas, está el mismo Jesucristo en el Sagrario, presente permanentemente en la sagrada Forma, que nos posibilita participar de su Cuerpo por el dogma de fe que aceptamos y proclamamos. Y en este año de la Eucaristía, como ha querido el Papa denominarlo, ha de ser aún más insistente la labor formativa hacia los hermanos, los cultos que destaquen la primacía del Pan eucarístico y el potenciar al máximo la participación de todos en la comunión que nos une a Él y entre nosotros, común-unión, hermandad en suma.
Año de la Inmaculada. La coronación canónica.
Año también, por decisión de los obispos españoles, de la Inmaculada. Pero, ¿es que no consideramos permanentemente en las hermandades la gracia inmaculista de la Virgen María, habiendo sido pioneras en la defensa de lo que posteriormente sería reconocido oficialmente por la Iglesia como “Dogma de la Inmaculada”? Se han cumplido los 150 años de la proclamación dogmática y en ese amplísimo periodo no hemos dejado, ni un solo día, de reconocer que aquella joven de Nazaret, a la que preferimos llamar Esperanza y Macarena, porque no puede haber diferencia entre la que parió al Hijo de Dios y esta bellísima Imagen que la representa, fue favorecida, por su predestinación divina, con un alma pura de cualquier mancha de pecado. Y así, con rostro macareno, la representó genialmente el artista Alfonso Grosso, en el cuadro magno de la catedral de Sevilla, que ahora preside el altar de plata del “jubileo”.
Y se conjuntan dos celebraciones extraordinarias en la Hermandad, pues no habrá mejor modo de alabar a la Virgen, de cantar a los cuatro vientos sus interminables letanías, de proclamar a voz en grito cuánto La quieren sus hijos macarenos, que mostrándola al pueblo que la aclama con su continuado aplauso, coronada oficialmente por decreto del pasado 6 de octubre del 2004, distinción que recoge fielmente el fervor de varias generaciones de hermanos y del pueblo madrileño que la arropa, le reza, le llora, le habla cuando ante su presencia se postra.
Y dirán que es casualidad certera, que canónicamente coronada, recorra las calles por vez primera del amor de hijos engalanada.
Es que Jesús del Gran Poder espera que este año su Madre bien amada, así, a la ciudad madrileña entera recuerde el dogma de la Inmaculada.
Y lo hará en tarde de Jueves Santo, cuando el palio desde la Colegiata, con suave caminar entone el canto,
que sólo excepcionales costaleros provocan con bambalinas y plata, llevando al más hermoso entre luceros: es la Macarena, ya en Madrugada.
Aquella imposición de corona que en 1941, el entonces Obispo de Madrid-Alcalá, Dr. D. Leopoldo Eijo y Garay, realizó sobre la sagrada Imagen de la Stma. Virgen, fue un gesto inicial de veneración, respeto, filiación al que han seguido cuantos cultos se han oficiado en el transcurso de la ya dilatada historia de la hermandad, todos como inequívoca muestra del amor que ha suscitado en los hermanos y devotos macarenos. Ahora vemos reconocida oficialmente por la Iglesia diocesana la unción que Nuestra Señora ha llegado a encender en el pueblo madrileño, atesorada por décadas, cúmulo de sentimientos y vivencias. Pero, sin olvidar a quienes en el camino, con su fervor y trabajo, hicieron posible este reconocimiento de hoy, a los que debemos confesar nuestra por siempre gratitud y respeto, la luz que irradiará en adelante la preciada joya símbolo de su realeza, tiene que ser luminaria para un camino nuevo, resplandor para un compromiso personal más efectivo, profundo y testimonial, fulgor que haga patente y visible una hermandad enriquecida espiritualmente, un cuerpo de hermanos con una sólida formación, con una meta conjunta de solidaridad y fraternidad, en una ruta permanente de perfección, abanderados de una fe que tenemos y queremos compartir, desde la rutina del día a día a los actos más solemnes de nuestras Reglas, testigos gozosos y bienaventurados de la Esperanza que poseemos y que hemos de compartir, necesariamente, con aquellos que aún no la conocen. Ha llegado la hora de darnos, entregarnos en plenitud, más aún de cuanto lo hayamos podido hacer, es momento de abrir de par en par las puertas de nuestra hermandad, si antes hemos dejado expeditas las de nuestros corazones, para que a través de ellas salga la Gracia de la que es Madre de Esperanza, siendo nosotros sencillos transmisores que la hagamos llegar ante tanta gente que la necesita, la aguarda, la espera.
Una nueva corona, pues, para los proyectos, las ilusiones, el futuro que se va haciendo presente en los jóvenes de la hermandad, para ensanchar el horizonte de servicio a Jesús y a los hombres, para llenar de más contenido esa palabra que a veces devaluamos por un uso meramente formulista, pero que resume nuestra identidad de cristianos y cofrades: hermanos. Hermanos bajo la tutela de la Virgen Macarena, ¡qué mejor cobijo para hacernos portavoces y heraldos de su Esperanza, que ahora, más que nunca, reflejará su rostro esculpido, más sonriente, con la pena más atenuada, más sosegada, pues han sido sus amados hijos quienes le han obsequiado con el más prestigioso título, coronada por corazones macarenos de amor henchidos¡
Cuaresma
Y se sucederán los múltiples, variados e intensos actos de la Cuaresma, entre ellos el magno concierto de la Unidad de Música del que ya es Hermano de Honor, el Regimiento de Infantería Inmemorial del Rey nº 1, bajo la dirección magistral del afamado compositor, buen amigo y excelente persona, el Tte. Coronel D. Abel Moreno, cuyos sones aún seguro que perduran en vuestros encandilados oídos; los ensayos de costaleros en frías noches que se tornan cálidas por la convivencia y la ilusión de cada chicotá por el día grande que se aproxima; este anuncio de nuestra Semana Santa, que pretende calar en vuestros corazones para dejar un poso más denso de sensibilidad y reavivar la ya candente llama de vuestros sentires cofrades, con una leve mirada hacia el agradecido pasado, con la vista en un pletórico y comprometido presente y en el horizonte de un futuro de aspiraciones y perfeccionamiento; y, por supuesto, unos cultos internos que nos predispondrán espiritual y anímicamente para realizar con más sentido, fervor y ejemplar testimonio la Estación de Penitencia.
Jueves Santo
Llegado es el Jueves Santo y se aglutinan y entremezclan las más intensas emociones cofrades; culmina en este jornada un largo caminar cuya meta es mostrar al pueblo expectante a Dios, en su humilde aceptación de la condición humana, pero con la fuerza arrolladora de su Gran Poder, por ser precisamente Hijo de Dios Padre. Y en el recorrido imbricado de calles y plazas un tanto recoletas, de un Madrid eterno y distinto a la urbe cosmopolita que es, no cejará de traducirse el fervor popular en un continuado y constante aplauso, caricia sonora de almas emocionadas, absortas, anegadas, ante la presencia de la Madre, la Señora, la Virgen de la Esperanza.
Desde primeras horas de la mañana la actividad plena de preparativos, visitas protocolarias y fraternas, últimas puntadas en un complejo y rico bastidor que queremos presentar impecable; oraciones por los que compartieron con nosotros estas intensas horas con lo mismos nervios y similares vivencias y hoy forman el cortejo celestial que acompaña perennemente a nuestros Titulares; repetida y siempre sincera emotividad ante las palabras, ruegos y deseos de bonanza, por el abrazo de quienes desean ser partícipes de estos inigualables prolegómenos de la salida procesional. Pero, precisamente por ser un día tan grande, gocemos en plenitud de él, no nos dejemos llevar por tensiones ni nimiedades, al contrario, estemos, más que nunca, abiertos a los demás, hermanos y amigos, cercanos y foráneos, próximos y atentos, ofreciendo el gran bien que Ellos nos proporcionan y del que, en modo alguno, somos exclusivos depositarios, sino meros embajadores, emisarios: la fuerza del Amor de Cristo y el inagotable caudal de la Esperanza.
Prestos estamos, pues, para vestir el negro ruan y la blanca capa, para acompañar a las sagradas Imágenes en su principal culto externo, hasta hacer sobrecogedora Estación ante el Monumento Eucarístico de esta iglesia conventual de las Jerónimas, hasta oír los angélicos cantos de unas monjas que por su testimonio personal, abnegado y de entrega sin límites, nos anticipan, nos atisban lo que será participar del Reino de Jesús. Y ese mismo ejemplo que en ellas observamos e intuimos, puede ser un referente más para entender nuestra misión en cada paso que demos en el transitar por las calles madrileñas, pues el carácter penitencial, la obligación y necesidad de ese testimonio, que, no cesaré de reiterar, se nos exige y debemos dar por principio de nuestra fe y credo, ha de presidir la totalidad y cada uno de los detalles del cortejo.
Todos atesoramos singulares vivencias de estos momentos, que incluso pueden ser inenarrables, porque están tan celosamente guardadas en nuestros corazones, que no es fácil desgajarlas de su interior ni hallar palabras para su relato. No obstante, entre centenares de situaciones entrañables, entre vivencias incontables, entre fugaces escalofríos de emoción, quiero dejaros constancia de una ocasión, tal vez por muchos de vosotros compartida en la distancia meramente geográfica, lo que pasa es que no sé ciertamente si fue realidad o una ilusión ensoñada. Era mi última salida como Diputado Mayor de Gobierno, cuando en una basílica absolutamente vacía, ansioso ya el barrio de su cercana presencia, de testigo, un espabilado angelito, allá en las alturas pintado, junto a san Gregorio, sonriente, casi pícaro, no podía ser de otra modo tratándose de mi hija Irene, yo, vistiendo sólo la álbea túnica, me postro ante Ella, la Esperanza, su palio aún en penumbras, no le digo nada, no me salen las palabras, la mejor oración es el silencio comprendido, una imperceptible súplica musitada, únicamente le doy gracias, infinitas gracias, porque me ha permitido, tras tantos años de veneración paterna, en esta ocasión soñada, asir de mi mano, muy cerquita, por admiración heredada, a quien será y ya es prolongación de mi locura macarena, mi hijo Juan José , testigo y actor atónito, tal vez por su juventud algo confundido, de tanto amor familiar a la que es Madre innegable de nuestras almas.
Aún te sigo dando gracias, Señora, porque tánto gozo no cabe en corazón humano, como ver cada día que la semilla sembrada en campo fértil, está dando su fruto temprano.
Señor de la Sentencia.
Y allí mismo, en su majestuoso paso, presto a enseñorear al barrio primero y prolongar, con el especial andar de sus costaleros, la grandeza inserta en el rostro de tan noble Nazareno, en un anhelante urbano centro, se encuentra Ntro. Padre Jesús de la Sentencia, al que me acerco, y en esa soledad de los momentos previos, sólo soy capaz de confesarle: Señor de la Sentencia, te he buscado tántas veces y te he hallado. Te he precedido en la agotadora Madrugada para saber cómo andas, cómo te llevan tus buenos costaleros en suave caminar por calles abarrotadas, pero después de haber estado contigo hasta cumplida la mañana, no he podio saberlo, Señor, pues tu inmensa y sencilla mirada, me anegaba el alma; sólo puedo decirte que mayor honra no cabe que ser tu lazarillo de noche y en la alborada. ¡Vas perdonando tánta falta cometida, vas disculpando tánta indiferencia¡ ¡ Señor, a todos, danos tu Amor, que con eso sólo nos basta¡
Ntro. P. Jesús del Gran Poder
Pero ya declina el día, la luz vespertina va dejando paso a la negrura de la noche madrileña y en una continua simbiosis de escasas horas intermedias, una Cruz de Guía anunciará en el pórtico de la Colegiata y en una muda plaza de san Lorenzo, que el Señor del Gran Poder va iniciar un camino de perdón y vida, de sosiego de almas agitadas y de renovación de su permanente enseñanza: el Amor a los hombres.
Seguimos haciendo escarnio de Cristo, en el prójimo, en los más cercanos incluso; continuamos relegándole, día a día, en el trabajo, en la casa, en la propia hermandad, a veces. Hacemos promesas débiles que no cumplimos, jugamos con los sentimientos de las familias que comparten las ilusiones y proyectos de quienes han sido, por manos supuestamente fraternas, engañados y vituperados. Juzgamos inexorablemente, utilizamos el proceso sumarísimo de nuestras lenguas desatadas, para impedir que otros abran sus brazos. Caridad, ¿dónde estás?; mano amiga y hermana ¿por qué te alejas y escondes?; pero el Señor en su inmenso Poder, todo lo ve, lo entiende y perdona. Siempre el Amor, estando Cristo presente.
¡Qué ciegos y sordos estamos muchas veces, ante el mensaje claro, sonoro y contundente del Señor, pero nos obnubila en demasiadas ocasiones el vacuo poder, la arrogancia, la prepotencia, la envidia y recelos¡ ¡Perdónanos, Señor, aunque sí sabemos lo que mal hacemos¡
Y llegado de tantos puntos distantes, pero cercanos por una devoción ampliamente extendida, acude el pueblo a contemplar a quien representa iconográficamente todo el poder de Dios, fuerza sobrenatural en su rostro, el peso de una humanidad cada vez más indiferente y agnóstica sobre sus hombros, pero también receptáculo de cuitas, arrepentimientos y promesas, de gratitudes y buenas intenciones, que en Él depositamos, conscientes de que lo realizamos ante el mismo Dios, hecho Palabra y Obra del Padre, por manos privilegiadas que en la plaza más sevillana, han recibido su adecuada valoración popular en su recién inaugurado monumento, y aquí, entre nosotros, siguen siendo cauce del mejor legado que tan querido e inolvidable hermano pudo dejar a la hermandad y a la ciudad completa.
Caminará Jesús del Gran Poder como representación verdadera de un Señor humanizado, de un Nazareno que avanza quedamente en la tarde y Madrugada, que se abre paso entre gentío absorto, pues la impresión anudará sus gargantas, como sólo el Hijo de Dios puede hacerlo: solemne, majestuoso, humilde, portentoso. Irá sobre la zancada medida de sus costaleros, que a duras penas serán capaces de posar sus pies en el frío suelo, porque la fuerza del Bien que soporta nuestras faltas hechas cruz y madero, les arranca de esta tierra para estar más cerca del cielo: llevan a Jesús, al que habita en san Isidro y san Lorenzo, para ser de todos, norte, ejemplo, Padre y consuelo.
Tú, Señor, que sabes de nuestros desvelos, que también conoces la hipocresía, la mentira y difamación, que muchos en aras de servirte, utilizan prestos, no tengas en cuenta maledicencias y las oscuras intenciones de sus juegos; haz siempre que resplandezca la verdad, la valía, la sinceridad y, en su caso, la capacidad de gobierno, de quienes con el corazón abierto, con las manos tendidas, con total sentido fraterno, quieren darlo todo por Ti, por los hermanos, sin esperar recompensas ni premios, pues las hermandades hoy necesitan cristianos cabales, formados y eficientes miembros, que sepan llevarlas por los cauces que impone este iniciado milenio: ejemplaridad, coherencia, secuelas de un amor sincero.
Señor del Gran Poder, cuando otra vez bendigas cada rincón de las calles madrileñas con tu presencia, con el reflejo de tu Imagen en muros y paredes impresa, con tu suave levantá en la puerta de las queridas y respetadas monjas Carboneras, antes de que te inclinen el paso de tu Madre Macarena, acuérdate de que seguiremos por siempre estando ávidos de tu inefable mirada, pues en ella vemos el reflejo de la Pasión, que por nosotros ha quedado en tu rostro marcada, y queremos ardientemente con nuestras pobres y torpes manos aliviarla; no nos dejes nunca huérfanos de tu semblanza, pues quedarían rotas y huecas por siempre nuestras entrañas.
Esperanza Macarena
“La Esperanza-escribía hace unas semanas en ABC nuestro respetado Cardenal Amigo Vallejo- no se aguarda, sino que se vive en actitudes y comportamientos consecuentes. Esperar sin hacer es burla y pereza. El hacer sin esperanza es desaliento asegurado. Este es el gran valor de la esperanza: saber unir lo que se tiene y lo que vendrá, el trabajo presente y el gozo cierto en el fruto que ha de llegar. Habrá que buscar la fuente de tanta bendición como procura la esperanza, pero será advertencia sabia el decir que no se ha de seguir buscando aquello que ya se ha encontrado”. Apreciado fray Carlos, los macarenos ya la hemos hallado, es más, vivimos en Ella, por Ella y todos nuestros mimos son para la Esperanza. Pero no podemos ser egoístas y queremos compartirla, llevarla hasta quienes carentes de Ella, la ansían, tal vez, más que nosotros mismos. No es justo encerrar en el cofre de su altar a esta joya divina que llamamos Macarena. Por eso, en el primor de su paso, con la caricia de sus costaleros que casi la rozan con los pétalos de sus flores de cera, con su suave caminar que convierte los argénteos varales en largas y enhiestas filas de nardos, que con liviandad arrullan a la patrona madrileña, Virgen de la Almudena, de la gloria de su palio, con el candor que sólo es posible cuando se lleva a la Madre de Dios, en etérea y sublime talla que enamora, la presentamos al pueblo en cada tarde de Jueves Santo y Madrugada.
¡El paso lento avanza hacia la puerta que anuncia con resplandor tu llegada¡ Se inquieta el ambiente, porque la espera concluye y tu contemplación es inminente. Tus costaleros te mecen suavemente; hermano costalero, ¡que no se quiebre su llanto, que no se desfigure su sonrisa, que su incomparable palio no distraiga su encanto¡ ¡La Macarena ya está en la calle¡ ¡La voz corre de garganta en garganta, ¿qué ha sido larga la tardanza?, cuánto más por la que nos llena de Esperanza¡
Señora, cuando de nuevo estés entre la gente, y desde el comienzo la calle Toledo o Resolana sean testigos jubilosos de cuanto tus hijos te aman, si hallares un atisbo de pena, conviértela en alegría, si oyes a un niño afligido llorar, hazle sonreír, si te llegan los lastimeros quejidos de un lecho enfermo, proporciónale el bálsamo curativo, si una madre te susurra que ya no puede más, dale tu Esperanza a raudales, si un padre quisiera saber por qué ha recibido tan poco a cambio de tanto como se ha dado, otórgale el don de la comprensión, a todo el que no reciba en correspondencia el cariño de los suyos, recompénsale con tu amor perdurable.
¡Macarena, vas desbordando amores, vas inundando de lágrimas los rostros de sensibles mujeres y recios varones¡. ¿Qué transmites, Virgen de la Esperanza? Te adentras en la ciudad que te acoge como Reina, que estalla en estruendo de alabanzas. Pero silencio absoluto en tu Estación en el Convento, no te vayas a distraer de esa plegaria que un coro de voces desgajado de tu Reino, te canta cuando estás ante el Monumento.
Te precederán en tu itinerario, por calles expectantes del abrazo de tu mirada, ya sea Cuchilleros, plaza Mayor, Gerona o Santa Cruz, filas de nazarenos de gráciles capas, que enfundan su penitencia en verde tela; insignias conmemorativas de efemérides y representativas de fines y realidades de la hermandad diaria, sutiles obras del bordado y la orfebrería; acólitos, jóvenes hermanos, que alumbran e inciensan tu caminar, como fragante loa que se eleva entre nímbeas nubes hasta las alturas; y, tan cerca de Ti, tus costaleros, que soportan la más preciada, dulce y ligera carga que llevar pudieran, pues es tu espíritu puro y sin mancha el que en acompasado acunar nos muestran.
Regresas a tu templo habiendo dejado las almas en un interminable ensimismamiento; no terminamos de creer que tanto gozo, que tanto bien espiritual como suscitas, pueda ser verdadero.
¡María de la Esperanza, Aurora permanente de nuestros terrenales días, Macarena llamada, Madre de Dios abnegada¡ ¿Qué más podría decirte que no conozcas de mis palabras confesadas? ¿Cómo es posible transmitir a mis hermanos lo que se siente siendo luz en tu caminar en la tarde y al alba? ¿Puedo reemplazar a cada uno de esos corazones que durante horas te aguardan? ¿Sé de sus sentires, de sus anhelos, de sus conversaciones calladas? Sí sé que arrebatas el alma, pues repartes en abundancia lo que a todos nos falta, la Esperanza.
¡Señora, un año más, miles de voces te aclamarán como Madre, Madre única en alborada, de una esperanzadora Resurrección que tu nombre y tu rostro proclaman¡
¡¡¡Macarena, guapa ¡¡¡
Muchas gracias.
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